lunes, 14 de noviembre de 2011

Oración por mi parroquia

Jesús, ésta es hoy mi oración:
Gracias por mi parroquia.
¡Estoy recibiendo tanto de ella!
¡Tengo tanto que agradecerle!

En ella te estoy descubriendo,
en ella estoy aprendiendo a amarte y a seguirte.
Desde ella escucho tu Buena Noticia,
desde ella recibo el pan necesario para el camino.

Cuando me canso, me deja su palabra de ánimo,
cuando me caigo, me entrega tu perdón.
Cuando me siento débil, ella me fortalece,
cuando me duermo, ella me despierta.

Gracias, Jesús, por mi parroquia,
Gracias por los niños y los jóvenes,
por los mayores y los ancianos.
Todos, formamos tu Comunidad, tu Iglesia.

También hoy quiero pedirte
por ella, Señor,
por sus grupos y actividades,
por su gente.
¡Cuánto me ayudan!

Que seamos un rincón cálido,
un lugar donde nos queramos y respetemos,
un espacio donde vivamos como hermanos,
donde, unidos, nos esforcemos por tu Reino.

Y te ruego algo más,
con la fuerza de que soy capaz.
Que mi parroquia no luche por sí y por su causa.
Se empeñe, más bien, en Ti y en tu causa.

Que no destaquemos por hacer muchas cosas,
por ser muchos e importantes.
Que nos conozcan, Señor, por vibrar y soñar
con lo que tú vibraste y soñaste.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

“Tener talento” es, entre nosotros, una frecuente expresión popular, en la que el término “talento” llega a equipararse con la propia inteligencia. De hecho, en otros países de habla española, una persona inteligente o brillante suele ser designada como una persona “talentosa”.
Un talento equivalía a 6000 denarios, una cantidad muy importante, si tenemos en cuenta que un denario correspondía al jornal de un día de trabajo. Las cifras de que habla la parábola son, en cualquier caso, considerables. Y ello nos aporta ya una primera clave, que conviene no olvidar.
El don es abundante. El dador –como había puesto de relieve la parábola del sembrador- se caracteriza por el exceso y el derroche.
Frente a ese exceso de don, resulta todavía más mezquina la actitud del tercer empleado que, llevado por el miedo, esconde lo recibido.

Pero, antes de adentrarnos en el contenido de la parábola, me parece necesario advertir que se trata de un texto susceptible de alimentar justamente la actitud opuesta a la que Jesús preconizaba.
Leído en clave “religiosa” –y, en general, del yo-, pareciera que la narración es una apología de la idea del mérito y de la recompensa. Así hemos funcionado, con frecuencia, en la vida religiosa, también en la Iglesia.
El esquema básico se apoyaba en tres pilares: DON – EXIGENCIAS – RECOMPENSA. Este modo de plantear la relación entre Dios y el ser humano se derivaba de los pactos que los reyes solían hacer con sus vasallos. (No es extraño que la propia parábola se haya leído de esta forma: el rey da los talentos – les exige que los hagan fructificar – y recompensa a quien lo logra, mientras que castiga a quien fracasa).
Se aprecia fácilmente que ese esquema establece una relación mercantil. Y hoy también somos más conscientes de que una religiosidad establecida en clave de rivalidad –“do ut des”: “te doy para que me des”- no puede generar sino culpabilidad, rebeldía o resentimiento…
Por otro lado, esa manera de vivir la religión ha conducido a desviaciones graves como la autojustificación beata o la angustia culpabilizadora, donde el sujeto religioso llegaba a tener la sensación de haber sido encerrado por Dios mismo en un chantaje afectivo de imposible salida.

Personalmente, estoy convencido de que el mensaje y la propia práctica de Jesús constituyen un poderoso desactivador de tales posibles desviaciones, porque echan por tierra el esquema mismo.
No es el mérito, sino la gratuidad, lo que constituye el núcleo del mensaje de Jesús. Todo es don, Dios mismo es Gracia que rompe nuestras supuestas barreras de méritos y de “dignidad”.

¿Cómo leer entonces esta parábola? ¿No está insistiendo explícitamente en la obligatoriedad de “hacer producir” el don recibido para eludir la condena final?
Me parece que, para evitar, en lo posible, errores de lectura, es importante reconocer, de entrada, la limitación de los conceptos y de las palabras, así como su dependencia del contexto inmediato en el que se dicen.
Junto a ello, al acercarnos a un texto evangélico, no podemos olvidar nunca los elementos nucleares y característicos del propio evangelio. De otro modo corremos el riesgo de interpretar una perícopa determinada en contradicción con el evangelio en su conjunto.
En lo que se refiere a nuestro caso, lo que la parábola pretenda transmitir no puede ir nunca en contra de algo que para Jesús era prioritario: la gratuidad misericordiosa de Dios.
Un Dios “que ama a los ingratos y a los malos” (Lucas 6,35), que abraza al “hijo pródigo” y organiza una fiesta para él, sin ningún tipo de condición (Lucas 15,20-24), que es “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11,19)…, no puede luego “pasar cuentas” para admitir con él únicamente a quien ha “cumplido” y hecho suficientes méritos. Así pensaban los fariseos, no Jesús.
¿Qué significa esto? Que la “parábola de los talentos” no tiene por finalidad decirnos cómo es Dios –a diferencia, por ejemplo, de aquella otra del “hijo pródigo”-, sino que su objetivo es animarnos a despertar de la modorra y a superar el miedo que nos mantiene paralizados. Y en este sentido, se trata realmente de una narración sabia y estimulante.

Los talentos –sean cinco, dos o uno; en cualquier caso, una riqueza fabulosa- representan la riqueza que somos, de la que generalmente apenas conocemos una mínima parte.
La parábola viene a decirnos: tienes una riqueza, eres un tesoro…, ¡no tengas miedo ni te “entierres” en la mediocridad o superficialidad! Atrévete a vivir todo lo que eres.
Nos negamos a vivir cada vez que nos reducimos al pequeño mundo de nuestro ego, encerrándonos en él y en sus mezquinos intereses, ignorando la verdad de quienes somos. Esta ignorancia hace que olvidemos la riqueza que somos y compartimos.
Sin embargo, en la medida en que nos vamos abriendo a nuestra verdad, experimentamos el “gozo de nuestro señor”, no como un “premio” o recompensa a los méritos del yo –esto sería fariseísmo-, sino porque nuestra verdad coincide con ese mismo gozo: uno y otra son la Plenitud anhelada.
Por el contrario, cuando nos encerramos en el ego, lo que ahí aparece es “llanto y rechinar de dientes”, es decir, sufrimiento inútil y desazón constante, que no son un “castigo” proveniente de un Dios airado o molesto con nuestro comportamiento, sino consecuencia directa de ignorar la verdad de quienes somos. No olvidemos que ego es sinónimo de ignorancia, confusión y sufrimiento.
El “llanto y el rechinar de dientes” son imágenes apocalípticas, usadas para expresar un malestar agudo: la desesperación de los “impíos”, cuando se ven excluidos de la salvación. Es una pena que, durante tanto tiempo, se hayan leído de un modo literalista, hasta el punto de crear, a partir de ellas, un “infierno” para después de la muerte, como lugar de los condenados por Dios.
El infierno lo provoca nuestra ignorancia. Pero lo que somos –como don- es gozo y plenitud.
www.enriquemartinezlozano.com

viernes, 11 de noviembre de 2011

DESPIÉRTANOS, SEÑOR

Despierta, Señor, nuestros corazones,
Que se han dormido en cosas triviales
Y ya no tiene fuerza para amar con pasión.

Despierta, Señor, nuestra ilusión,
Que se ha apagado con pobres ilusiones
Y ya no tiene razones para esperar.

Despierta, Señor, nuestra sed de ti,
Porque bebemos aguas de sabor amargo
Que no sacian nuestros anhelos diarios.

Despierta, Señor, nuestra hambre de ti,
Porque comemos manjares que nos dejan hambrientos
Y sin fuerzas para seguir caminando.

Despierta, Señor, nuestras ansias de felicidad,
Porque nos perdemos en diversiones fatuas
Y nos abrimos los secretos escondidos de tus promesas.

Despierta, Señor, nuestro silencio hueco,
Porque necesitamos palabras de vida para vivir
Y sólo escuchamos reclamos de moda
y el consumo.

Despierta, Señor, nuestro anhelo de verte,
Pues tantas preocupaciones nos rinden
Y preferimos descansar a estar vigilantes.

Despierta, Señor, esa amistad gratuita,
Pues nos hemos instalado en los laureles
Y sólo apreciamos las cosas que cuestan.

Despierta, Señor, nuestra fe dormida,
Para que deje de tener pesadillas
Y podamos vivir todos los días como fiesta.

Despierta, Señor, tu palabra nueva,
Que nos libre de tantos anuncios y promesas
Y nos traiga tu claridad evangélica.

Despierta, Señor, nuestro espíritu,
Porque hay caminos que sólo se hacen
Con los ojos abiertos para reconocerte.

Despierta, Señor, tu fuego vivo.
Acrisolado por fuera y por dentro,
Y enséñanos a vivir despiertos y
Darnos cuenta que siempre caminas
Con nosotros.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

FELICIDAD

Son desesperados los esfuerzos que el hombre realiza para conseguir la felicidad; ¿por qué no llega nunca a alcanzarla de un modo pleno?
Es que un ser no será feliz hasta que no posea aquello para lo que fue creada su naturaleza.
El corazón humano ha sido creado solamente para Dios y, en consecuencia, en tanto será feliz en cuanto se acerque a Dios,, en cuando se haga poseer por Dios, en cuanto viva para Dios.
Los pulmones no viven sin oxígeno, los ojos sin luz, la flor sin la caricia del sol, el pájaro sin los dilatados espacios... y el hombre no puede vivir sin Dios.
Dios para él es el oxígeno, la luz, el sol, el espacio, la vida; Dios es la apetencia más urgente de todo su ser.


“Señor, eres justo en todo lo que nos has hecho, todas tus obras son verdad, rectos todos tus caminos, verdad todos tus juicios” (Dan 3,27). Siempre está bien lo que Dios hace; siempre busca Él nuestro bien personal, pro más que en determinadas ocasiones nosotros, no alcancemos a comprender cómo todo eso contribuye o a la gloria del Señor o a nuestro bien personal. Se impone un acto de fe, impulsado por el amor.

PRESENCIA:

Tómate un momento para comprobar
si estás Aquí realmente.
Con anterioridad a lo correcto y lo equivocado,
estamos Aquí sin más.
Con anterioridad al bien o al mal,
a lo digno o a lo indigno,
al pecador o al santo,
estamos Aquí, sin más.

Quédate Aquí,
en el lugar del Silencio,
donde el silencio interior danza;
justo aquí,
antes de saber algo, o de no saber nada.

Quédate Aquí,
donde todos los puntos de vista
se funden en un solo punto,
y ese único punto desaparece.

Intenta encontrar el Ahora,
donde rozas lo eterno,
y siente el eterno vivir y morir de cada momento,
para encontrarte aquí,
nada más,
antes de convertirte en experto,
antes de convertirte siquiera en principiante.

Quédate Aquí,
nada más,
donde eres lo que siempre será,
donde nunca le añadirás nada,
ni le quitarás nada a eso.

Quédate Aquí,
donde no quieres nada,
y donde no eres nada.
En el Aquí,
que es indescriptible,
donde encontramos el Misterio sólo desde el misterio,
o nos dejamos de encontrar.

Quédate Aquí
donde te descubres al no encontrarte,
en este lugar donde la tranquilidad es ensordecedora,
y la quietud se mueve
demasiado rápido como para atraparla.

Quédate Aquí,
donde eres lo que deseas
y deseas lo que eres,
y desaparece todo
en un radiante Vacío.

(Adyashanti)

martes, 8 de noviembre de 2011

PEDID, BUSCAD, LLAMAD

El que reza “ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escrita, y la confrontación con Dios obliga al ser humano a recocerlas también...” (Spe Salvi)

COMPLEJOS

Modernamente se está hablando mucho de complejos que alteran la vida del hombre.
Unos tienen complejos de inferioridad, que los anulan.
Otros, complejos de timidez, que los inhiben.
No faltan quienes experimentan el complejo de superioridad o de dominio, que los lanza a empresas desorbitadas que ineludiblemente terminan en fracasos desalentadores.
Dicen los psicólogos que, quien más quien menos, todos estamos en el ámbito de algún complejo.
¿Por qué entonces extrañarnos de tener el complejo de Dios?
Sí, al fin y al cabo, es el único complejo verdaderamente liberador, el único que no aplasta, sino que alienta, el único que no corta las alas sino que las extiende y aumenta su potencialidad.
Ver en todo a Dios no destruye la propia personalidad, sino que la reafirma, la orienta, la fundamenta y la robustece.


“Exaltándose a sí mismo el hombre como regla absoluta, o hundiéndose hasta la desesperación, la duda y la ansiedad se siguen en consecuencia... La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, con capacidad para conocer y amar a su Creador y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible, para gobernarla y usarla, glorificando a Dios” (GS 12)