lunes, 13 de febrero de 2012

ORACIÓN IRLANDESA

Que el camino salga a tu encuentro.
Que el viento siempre esté detrás de ti
y la lluvia caiga suave sobre tus campos.
Y hasta que nos volvamos a encontrar,
que Dios te sostenga
en la palma de Su mano.

Que vivas por el tiempo que tú quieras,
y que siempre quieras vivir plenamente.

Recuerda siempre olvidar
las cosas que te entristecieron.
Pero nunca te olvides de recordar
las cosas que te alegraron.

Recuerda siempre olvidar
a los amigos que resultaron falsos.
Pero nunca olvides recordar
a aquellos que permanecieron contigo.

Recuerda siempre olvidar
los problemas que ya pasaron.
Pero nunca olvides recordar l
as bendiciones de cada día.

Que el día más triste de tu futuro
no sea peor que el día
más feliz de tu pasado.

Que nunca se te venga el techo encima
y que los amigos reunidos debajo de él, nunca se vayan.

Que siempre tengas palabras cálidas
en un frío anochecer,
una luna llena en una noche oscura,
y que el camino siempre
se abra a tu puerta.

Que vivas cien años,
con un año extra para arrepentirte!
Que el Señor te guarde en Su mano,
y nunca apriete mucho tu puño.

Que tus vecinos te respeten,
los problemas te abandonen,
los ángeles te protejan,
y que el cielo te acoja.
Que la fortuna de las colinas
Irlandesas te abracen.

Que las Bendiciones de San Patricio
te contemplen.
Que tus bolsillos estén pesados
y tu corazón ligero.
Que la buena suerte te persiga,
y cada día y cada noche tengas
muros contra el viento,
un techo para la lluvia,
bebidas junto a la fogata,
risas para consolarte
aquellos a quienes amas cerca de ti,
y todo lo que tu corazón desee!

Que Dios esté contigo y te bendiga,
que veas a los hijos de tus hijos,
que el infortunio sea te sea breve,
y te deje rico en bendiciones.
Que no conozcas nada más que la felicidad.

Desde este día en adelante,
Dios te conceda muchos años de vida,
de seguro Él sabe que la tierra no tiene suficientes ángeles

viernes, 10 de febrero de 2012

PÁGINA WEB PARROQUIA DE TERRAMELAR

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HOY DÍA DEL AYUNO VOLUNTARIO

Como todos los años, en este segundo fin de semana de febrero, la ONG MANOS UNIDAS, vinculada a nuestra familia la Iglesia, celebra su campaña en su lucha contra el hambre en el mundo. Este año, LA SALUD, DERECHO DE TODOS. Colaboremos a través de nuestras parroquias y de los cauces que seguro conocemos.

El fin de semana del 11 y 12 de febrero las colectas de las misas será para la Campaña de Manos Unidas, en la Lucha contra el Hambre. Se repartirán los sobres el fin de semana anterior. El proyecto este año está fundamentado sobre el lema: “LA SALUD, UN DERECHO DE TODOS”. Seamos generosos como siempre. Gracias.

COMPASIÓN

En el Libro del Levítico, se dedican dos extensos capítulos (el 13 y el 14) al tema de la lepra. Ahí se prescribe que, una vez declarada la enfermedad por parte del sacerdote, “el leproso llevará las vestiduras rasgadas, la cabeza desgreñada y el bigote tapado, e irá gritando: «¡Impuro, impuro!». Mientras le dura la lepra, será impuro. Vivirá aislado y tendrá su morada fuera del campamento” (13,45-46).
En contra de la legislación imperante, el leproso se acerca a Jesús y, en contra de la misma legislación, Jesús lo toca.
La ley buscaba proteger a la sociedad de lo que consideraba un peligro grave –el contagio de una enfermedad a la que temían sobremanera-; Jesús no duda en infringir la ley, aun a sabiendas de que él mismo se hacía “impuro”, y se atreve incluso al riesgo del contagio. El motivo de su actuación es solo uno: la compasión.

“Compasión” es la capacidad de sentir con el otro, poniéndose en su lugar. Comporta un “estremecimiento” ante el sufrimiento ajeno y se traduce en una ayuda eficaz. El elemento del “servicio eficaz” es un componente imprescindible para que se pueda hablar de compasión, según el evangelio. El budismo, por su parte, subraya más otro matiz: compasión es el amor que dirigimos hacia la persona que sufre. Ambas perspectivas pueden complementarse, para entender esa actitud como el sentimiento profundo de amor hacia los seres que sufren, buscando eficazmente aliviar su situación, a través de una acción bondadosa y servicial.
Se trata de una de las actitudes más genuinamente humanas –no es casual que ocupe el lugar más destacado en las grandes tradiciones espirituales-, que da la medida de la madurez de la persona.
Por ello, quizás sea bueno preguntarnos qué la favorece, de dónde nace, qué requiere y qué obstáculos encontramos para vivirla.

El sentimiento de compasión se ve favorecido por la experiencia de la propia necesidad, fragilidad o vulnerabilidad. Indudablemente, al palpar la propia limitación, nos “reconciliamos” con nuestra humanidad, nos hacemos más “humanos”. Y desde ahí, puede crecer la capacidad de empatizar con el otro, particularmente cuando se halla en situación de necesidad o precariedad. En este sentido, puede decirse que la experiencia del dolor nos humaniza, nos “ablanda” y sensibiliza ante el dolor ajeno. A partir de ahí, la compasión puede abrirse camino.
Pero la compasión genuina nace de una fuente todavía más honda: no es solo la experiencia de la propia vulnerabilidad, sino la conciencia de una Identidad compartida. No somos seres separados que, eventualmente, se ayudan unos a otros, sino que constituimos una Unidad, por lo que nadie me resulta indiferente. El bien de los otros es mi bien; su dolor, mi dolor. Al escritor romano Lactancio se le atribuyen unas palabras que recogen esta conciencia: “Soy humano, y nada de lo humano me resulta ajeno”. Evidentemente, una cosa es pensarlo, incluso asintiendo a ello, y otra bien distinta es haberlo experimentado, es decir, vivir en esa conciencia unitaria que nos constituye. Quien ha despertado a esa conciencia no ve su “yo” como si se tratara de su identidad definitiva; se percibe como el Todo, presente en cada una de las formas diferentes.
Con todo, la vivencia de la compasión requiere dos condiciones: una sensibilidad limpia y un afecto liberado. Para poder “vibrar” con el otro, hace falta que nuestra sensibilidad no esté congelada ni endurecida; de otro modo, el sufrimiento ajeno chocaría contra nuestra coraza, y seríamos incapaces de sentirlo. Por otro lado, es necesario también que hayamos liberado nuestra capacidad de amar: el bloqueo de la misma nos mantendría encerrados, impidiéndonos “salir” positivamente hacia la persona que sufre. Por decirlo brevemente: para vivir la compasión –no la vive quien quiere, sino quien puede-, necesitamos aprender a sentir y aprender a amar (también a nosotros mismos).

Ese es uno de los obstáculos más importantes que podemos encontrar. Pero hay más: la comodidad, el miedo y la ignorancia. Sin embargo, si los observamos de cerca, descubriremos que todos ellos no son sino disfraces del ego. Por lo que podemos concluir que el obstáculo común para vivir la compasión no es otro que la identificación con el ego.
Tal identificación es, antes que nada, ignorancia (inconsciencia). Se apoya en la creencia fundamental –asumida axiomáticamente, sin ningún tipo de cuestionamiento- de que somos seres separados. De esa creencia nacen, entre otras cosas, el individualismo, la egocentración y el enfrentamiento.
El ego busca la comodidad, porque se rige por la ley del mínimo esfuerzo, es decir por el apego a lo “agradable” y la aversión hacia lo “desagradable”. Tiende a evitar todo aquello que le suponga cambio en sus rutinas o expectativas y busca, por encima de todo, “sentirse bien”. Dado que la necesidad del otro me implicaría, el ego tiende a refugiarse en la indiferencia, que no es otra cosa que la “ceguera” ante la realidad, porque –como dice el refrán castellano- “ojos que no ven, corazón que no siente”.
El ego es también miedoso, aunque presuma de lo contrario. Al creerse un ser separado, tiende a ver todo como amenaza potencial. Y como sabe de su inconsistencia radical, por más que trate de disimularla, el miedo lo acompaña constantemente. Ahora bien, el miedo obliga a buscar protección, es decir, a vivirse según el principio de defensa/ataque. Esa actitud mal puede compaginarse con la apertura blanda para sentir con los otros. Más bien al contrario, la debilidad ajena suele ser vista por el ego como algo ante lo que defenderse –como si temiera el “contagio”- o una posibilidad para atacar.

En definitiva, para poder vivir la compasión, necesitamos cuidar el trabajo psicológico que potencie nuestra capacidad de sentir y nuestra capacidad de amar –a veces, por motivos inconscientes, aletargadas- y, simultáneamente, el trabajo espiritual que nos permita liberarnos de la identificación con el ego.
Como ha escrito Marià Corbí, “el trabajo fundamental es comprender, hasta llegar a percibir, que no hay ninguna cosa independiente a la que podamos llamar «yo». Quien comprende eso, permaneciendo lúcido y sin venirse abajo, verá fácilmente la realidad sin fronteras de lo que hay y se quedará sin posibilidad alguna de mantener el sentimiento del ego”.
Y sigue diciendo: Cuando dejo de identificarme con mi individualidad porque comprendo con claridad que no es ella lo que realmente soy, me convierto en testigo del gran río de la existencia y de la vida.
Cuando advierto que, aunque sin ser realmente ningún yo, soy algo que no es mente pero que es luz, algo que no es este cuerpo pero que es capaz de conmoverse; en el momento en el que advierto la luz y la conmoción que hay en mí cuando el yo y el mundo se han fundido en una unidad, entonces se revela lo que hay: una Luz y una Conmoción en el seno de la Unidad; una Luz y un Calor que ya estaban presentes en el inicio del cosmos y que ni nacen ni mueren.
Eso es lo que hay y lo que soy: la Gran Unidad, el Gran Testigo, el Único, el Manifiesto, el Patente, el Poder, la Fuente, “Eso-no dual”.

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DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

Marcos 1,40-45
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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La lepra era considerada un castigo de Dios por el pecado. Así, al sufrimiento corporal del leproso, se añadía la exclusión social y la marginación religiosa. Jesús, sin embargo, ofrece el rostro de Dios, fuente de santidad y de pureza. Atiende al enfermo que le pide la curación porque Dios es compasivo con el que sufre. Sin embargo, hoy seguimos marginando a muchas personas y grupos de personas. Pero ¿quién es más impuro, el marginado o el que margina? Jesús abrió el reino a todos los excluidos y nos dejó la misión de tender nuestras manos hacia los “leprosos” de todos los tiempos.

EL SACERDOTE: SIGNO DE CONTRADICCIÓN

Si predica más de diez minutos... no acaba nunca.
Si predica menos de diez... no se ha preparado.
Si trata temas sociales... es de izquierdas.
Si trata temas morales... es de derechas.
Si está en el despacho... es un misántropo.
Si visita a las familias... no tiene nada que hacer.
Si es cordial con la gente... tiene problemas afectivos.
Si es reservado... es un reprimido.
Si hace reparaciones... tira el dinero por la ventana.
Si no las hace... le interesa poco la iglesia.
Si tiene amigos ricos... vive con los que mandan.
Si se rodea de pobres... es un revolucionario.
Si es joven... no tiene experiencia.
Si es mayor... debería jubilarse.
Si hace salidas con los jóvenes..., es que descuida la parroquia.
Si no las hace..., es que no se preocupa de los jóvenes.
Si visita el barrio y sus gentes..., es que se mete en todo.
Si no lo hace..., es que va a lo suyo y la gente no le interesa.
Si está….es que le gusta hacerlo todo
Si no está… lo que sale mal es porque no está
Si da órdenes…es porque es un autoritario
Si no las da… debiera haberlo hecho
Si es perfeccionista... es un raro
Si admite todo… es un vulgar
Si canta… es un jilguero
Si no canta… es un soso
Si celebra muchas misas…es un misero
Si celebra sólo una… es un vago
Si el obispo cierra la parroquia por falta de sacerdotes... el pueblo se mueve y todos firman una carta de protesta.

¿En qué quedamos? ¿Cómo queremos a los curas? ¿A nuestra imagen y antojo?
Los aprovechemos mientras los tenemos porque, cada día, hay muchos menos. Y, entre otras cosas, hablemos menos y recemos un poco más por ellos, y si el Señor elige a uno de nuestros hijos, demos gracias a Dios.

11 DE FEBRERO: DÍA DEL ENFERMO

ORACIÓN POR LOS ENFERMOS
Buen Jesús,
Muchos de los que participan en esta oración
Se encomiendan a ti desde la enfermedad.
¡Llena sus corazones de esperanza!
¡Ayúdales a soportar el dolor!
Y, si quieres que superen los problemas de salud,
¡Muéstrales el camino!
Señor, ponemos hoy en tus manos
La enfermedad de millones de personas,
Hijos e hijas tuyos que no pueden hacer una vida normal,
En unos casos por deterioro biológico natural o accidental
Y, en otros, por la injusticia y el egoísmo de los seres humanos.
Como el leproso que nos muestra el evangelista Marcos,
Te pedimos que cures las enfermedades si ésa es tu voluntad.
Te damos gracias, Dios nuestro, por el buen trabajo de muchas
Personas que asisten, ayudan
Y sobre todo acompañan a los enfermos.
Su presencia en el mundo es tan importante
Que nos permite ver tu rostro, buen Jesús, en una sociedad
Que también nos da muchas veces motivos
Para pensar que está enferma.
¡Da salud, si quieres, a quienes no la tienen,
Pero no sólo la física, sino sobre todo
la humana y la espiritual!
El mundo alejado del amor de Dios
Vive en una enfermedad que sólo podemos
Superar desde nuestra fe, esperanza y proximidad a ti.
Amén.